lunes, julio 16, 2007

Manejo maduro de las emociones en una breve lección

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Fue al mediodía despues de un concierto. Al regresar al automóvil en el estacionamiento, observo sobre el asiento trasero el libro que antes de cerrar el vehículo había dejado debajo del asiento delantero. Debido a la exposición directa a los rayos solares durante dos horas y media, el libro (por supuesto) se ha deformado. Después de haber descartado, por improbable, la posibilidad de que el libro por voluntad propia se haya cambiado de lugar, le pregunto:
- ¿Para qué pusiste el libro sobre el asiento?
- Para que no lo fueran a pisar y a maltratar –dice ella con inocencia.
- Pues ya se maltrató. Mira, mira, cómo está –se lo acerco para que constate la deformidad libresca. Lo palpa y dice con un dejo de condescendencia:
- Ay, nomás está caliente, ahorita que lleguemos a casa lo metemos al refri.

No sé si reír, llorar o encabronarme. Prefiero gritar:
- ¡Está deforme! ¿Qué no lo ves?
- ¡Ay, tú! Nomás es un libro. Yo luego te lo consigo –aún más condescendiente.

Entonces sí, ya, exploto. Una larga perorata sobre lo importantes que son los libros para mí, que ese libro no se consigue tan fácil, que cómo se le ocurre, que no hay peor enemigo para un libro que los rayos del sol, blablabla.

Hasta que desahogo mi enojo y me callo. Palpo una vez más el libro, sus hojas deformes, como chicharrón. A lo mejor ella tiene razón, es demasiado drama por un libro, total, ¿qué? Lo importante es pasar juntos la tarde, igual que ayer, que platicamos, bromeamos y reímos y nos sentimos tan bien, sin problemas.

Con tono doctoral, pronuncio el siguiente speech:

- Bueno, nada más para terminar este asunto, quiero decir que estoy en todo mi derecho de enojarme por algo que me importa, que significa mucho para mí, como es este libro. Pero debes reconocer que es un signo positivo de manejo de las emociones el hecho de que no siga con el pleito y que, pues, ya, a’i muere.

Pero sólo me responde el silencio. Me vuelvo a verla y su semblante está endurecido, el ceño fruncido, los labios apretados. Encabronada, pues.

- Bueno, bueno, ya cálmala –digo y trato de cambiar la plática. Pero ella continúa la conflagración:
- ¡Ah, pero tú sí puedes pendejear y decir lo que quieras, y ya tan fácil: “A’i muere”!
- Bueno, ¿y qué quieres, que siga discutiiendo? Mira, si vas a seguir con la bronca, mejor me voy.
- Ajá. Como quieras. Y tú eres el que habla del manejo maduro de las emociones –dice socarronamente.
- Pues sí –me bajé del auto y me fui.

De regreso a casa, el taxista trata de hacerme plática sobre futbol, que qué mal papel el de la selección mexicana, que si Hugo Sánchez debe seguir como entrenador y tal. Respondo con monosílabos. En el radio suena una canción de Leo Sayer: “More than I can say”. Se me salen las lágrimas. Lloro inconsolablemente. Moqueo. Saco el pañuelo, me seco el rostro, me sueno la nariz y limpio los lentes rabiosamente.

El taxista no dice nada, pero me observa desde el espejo retrovisor. No me vuelve a dirigir la palabra en todo el trayecto. Llegamos a casa y le extiendo el billete. Al regresarme el cambio, dice:
- No es para tanto, joven. Nomás es un juego –arranca el vehículo y se va.

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1 Comments:

Blogger Napalm QueEn DanGeroUs said...

jajaja ajajaja ajajaja ajajaj

Que divertido, ja ja ja ja j y que tal si lo pisa... igual estarias no, por que se lleno de polvo y le doblaron sus hojitas jajajajajaj yo hubiera hecho el mimso drama Y YA POSTEA ALGO NO

Muchos saludos

Y el taxista jajajajajaaj

Yo asumi que era tu carro
jajajaja

7:43 a.m.  

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