viernes, agosto 31, 2007

Tratado de impaciencia número 40

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Llegó al consultorio con varios minutos de adelanto. Se anunció con la recepcionista y ella le dijo que el doctor estaba un poco atrasado, que la cita no sería a la hora convenida, que tuviera un poco de paciencia. Sólo atinó a sonreír. De todos modos, no tenía alternativa.

Saludó a los presentes en la sala de espera: una pareja ya madura, una adolescente pecosa con su madre, una rubia desteñida y dos mujeres jóvenes (calcula él que en sus primeros treinta). Se sentó, sacó un libro de su mochila y se dispuso a leer. Apenas avanzadas unas cuantas líneas, se da cuenta de que no puede concentrarse en la lectura. Algo le distrae, le aturde, le molesta, es como un zumbido agudo, incesante. Es la voz de una de las treintonas (algo pasada de peso, pero con un rostro agradable, aunque maltratado, sin una gota de maquillaje), que habla a un volumen muy alto (alto para el lugar en el que se encuentran: la sala de espera de un consultorio médico) con la que parece su amiga, que tan sólo asiente con gestos:

- ...es que no sabes, he empezado a tener problemas de retención y de memoria. De repente se me olvidan las cosas, no me acuerdo dónde dejé las cosas, se me olvidan los nombres de las personas, hasta se me han olvidado pedazos completos de recuerdos de mi infancia, veo las fotos de cuando era niña y no me acuerdo de cuándo fue que la tomaron, a dónde fui, quiénes iban, qué hice…

La amiga se atreve a interrumpir:

-¿Y el doctor? ¿Te dijo a qué se puede deber?

- No, no sabe, no sabe, o si sabe no me dice, no sé si me lo vaya a decir, pero yo creo que puede ser por tanto estrés que siempre he traído, por tantas broncas que me cargo en el trabajo, por tantos corajes que me hacen pasar en la oficina… ¿No te conté la última que me hizo el maldito del Fernando, el idiotita ése que trabaja conmigo? ¡Estúpido! ¡Ay, cuanto lo odio, lo odio, lo odio...!

La interrumpe el timbre de un celular. Todos los presentes verifican que no sea el propio, menos él, que siempre lo trae en opción de vibrador, porque le molesta precisamente eso: que suene. Es el de la treintona, por supuesto. Mira la pantalla luminosa y hace un mohín de fastidio, elevando los ojos al cielo.

-Sí, ¿qué pasó?
-…
- ¡¿Y qué quieren que yo haga?! –explota ella, el rostro congestionado por la ira, los ojos desorbitados-. ¿Es que no pueden resolver nada? ¡Son unos ineptos, tarados, imbéciles, buenos para nada! ¡Carajo! ¿Qué no ven que estoy a punto de entrar con el doctor? ¡Arréglenlo como puedan! ¡Ya les he dicho miles de veces que no me molesten con tonterías y menos cuando estoy fuera de la oficina! ¡Pero todo lo tengo que hacer yo, porque ustedes son una nulidad, un cero a la izquierda, una bola de ineptos..!
-...
-Está bien, está bien, en cuanto me desocupe, voy para allá –y cierra el celular para luego arrojarlo en el abismo de su atiborrada bolsa de mano.

Durante la conversación telefónica, los presentes la habían visto con caras que iban del asombro a la desaprobación, pero en cuanto ella volvió en sí, se hicieron los disimulados, mirando hacia otro lado. El rostro de la treintona se transforma de nuevo, adoptando el gesto casi beatífico de unos momentos antes, y sigue su perorata donde se había quedado.

Entonces la recepcionista anuncia su nombre y pasa a la consulta junto con la amiga. De súbito, la sala de espera queda en silencio. Es posible, incluso, escuchar el zumbido de las lámparas fluorescentes.

Él se dispuso, ahora sí, a emprender la lectura en paz, pero no pudo. No recordaba en qué página se había quedado. El sonido de la voz de la treintona le seguía taladrando la cabeza. Y todavía quedaban por pasar muchas personas antes que él.

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lunes, julio 16, 2007

Manejo maduro de las emociones en una breve lección

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Fue al mediodía despues de un concierto. Al regresar al automóvil en el estacionamiento, observo sobre el asiento trasero el libro que antes de cerrar el vehículo había dejado debajo del asiento delantero. Debido a la exposición directa a los rayos solares durante dos horas y media, el libro (por supuesto) se ha deformado. Después de haber descartado, por improbable, la posibilidad de que el libro por voluntad propia se haya cambiado de lugar, le pregunto:
- ¿Para qué pusiste el libro sobre el asiento?
- Para que no lo fueran a pisar y a maltratar –dice ella con inocencia.
- Pues ya se maltrató. Mira, mira, cómo está –se lo acerco para que constate la deformidad libresca. Lo palpa y dice con un dejo de condescendencia:
- Ay, nomás está caliente, ahorita que lleguemos a casa lo metemos al refri.

No sé si reír, llorar o encabronarme. Prefiero gritar:
- ¡Está deforme! ¿Qué no lo ves?
- ¡Ay, tú! Nomás es un libro. Yo luego te lo consigo –aún más condescendiente.

Entonces sí, ya, exploto. Una larga perorata sobre lo importantes que son los libros para mí, que ese libro no se consigue tan fácil, que cómo se le ocurre, que no hay peor enemigo para un libro que los rayos del sol, blablabla.

Hasta que desahogo mi enojo y me callo. Palpo una vez más el libro, sus hojas deformes, como chicharrón. A lo mejor ella tiene razón, es demasiado drama por un libro, total, ¿qué? Lo importante es pasar juntos la tarde, igual que ayer, que platicamos, bromeamos y reímos y nos sentimos tan bien, sin problemas.

Con tono doctoral, pronuncio el siguiente speech:

- Bueno, nada más para terminar este asunto, quiero decir que estoy en todo mi derecho de enojarme por algo que me importa, que significa mucho para mí, como es este libro. Pero debes reconocer que es un signo positivo de manejo de las emociones el hecho de que no siga con el pleito y que, pues, ya, a’i muere.

Pero sólo me responde el silencio. Me vuelvo a verla y su semblante está endurecido, el ceño fruncido, los labios apretados. Encabronada, pues.

- Bueno, bueno, ya cálmala –digo y trato de cambiar la plática. Pero ella continúa la conflagración:
- ¡Ah, pero tú sí puedes pendejear y decir lo que quieras, y ya tan fácil: “A’i muere”!
- Bueno, ¿y qué quieres, que siga discutiiendo? Mira, si vas a seguir con la bronca, mejor me voy.
- Ajá. Como quieras. Y tú eres el que habla del manejo maduro de las emociones –dice socarronamente.
- Pues sí –me bajé del auto y me fui.

De regreso a casa, el taxista trata de hacerme plática sobre futbol, que qué mal papel el de la selección mexicana, que si Hugo Sánchez debe seguir como entrenador y tal. Respondo con monosílabos. En el radio suena una canción de Leo Sayer: “More than I can say”. Se me salen las lágrimas. Lloro inconsolablemente. Moqueo. Saco el pañuelo, me seco el rostro, me sueno la nariz y limpio los lentes rabiosamente.

El taxista no dice nada, pero me observa desde el espejo retrovisor. No me vuelve a dirigir la palabra en todo el trayecto. Llegamos a casa y le extiendo el billete. Al regresarme el cambio, dice:
- No es para tanto, joven. Nomás es un juego –arranca el vehículo y se va.

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miércoles, julio 04, 2007

Dodecálogo para incipientes escritores del siglo XXI

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I. Todo escritor incipiente tiene el derecho a escribir lo que le venga en gana.

II: Todo escritor incipiente tiene la obligación de escribir lo mejor que pueda.

III: Todo escritor incipiente tiene la obligación ineludible de aspirar a escribir LA OBRA (con mayúsculas, como le gustaría a Cyril Connolly). Esta OBRA puede abarcar desde un cuento o un poema genial hasta 30 ó 40 novelas magistrales. Lo que importa es la aspiración. Si lo logra, ya es otro asunto.

VI. Todo escritor incipiente tiene el derecho de leer lo que le venga en gana (entre más lea, mejor), siempre y cuando estas lecturas incluyan dosis generosas de libros clásicos (¿qué es un clásico?, es como lo define Italo Calvino: “todo aquel libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, no importa si fue escrito apenas antier o hace 2,500 años).

V. Todo escritor incipiente tiene derecho a ser feliz, vivir dignamente y no morirse de hambre por consagrar su existencia al arte literario (incluso si una vida indigna y desdichada y la inanición pudieran convertirse en valiosa materia prima para sus obras).

Son legítimos los siguientes medios para hacer cumplir este derecho: la manutención paterna incluso a edad avanzada, la herencia familiar, el matrimonio por conveniencia, el mecenazgo interesado, la búsqueda descarada de premios y becas mediante influyentismo y amiguismo, el lenocinio, el crimen individual u organizado, el periodismo, el guionismo, la publicidad, el trabajo editorial, la corrección de textos, la traducción, la escritura fantasma y otras formas legales de esclavitud, siempre y cuando el escritor atienda lo establecido en los primeros cuatro parágrafos de este decálogo.

VI. Todo escritor incipiente tiene la obligación de obtener los conocimientos necesarios para dominar sus herramientas de trabajo y alcanzar la maestría en el oficio literario, no importa si los obtiene en forma autodidacta, talleres literarios o escuelas de escritores. Tiene derecho a cometer errores por inexperiencia o desconocimiento, pero está obligado a corregirlos inmediatamente y no repetirlos en obras subsecuentes.

VII. Una vez que se ha apropiado de estos conocimientos, el escritor incipiente tiene la obligación de olvidarse por completo de ellos y escribir con plena libertad lo que le venga en gana, incluso a sabiendas de que con lo que escribe está rompiendo las reglas gramaticales, la tradición literaria, los géneros, las estructuras o el lenguaje mismo. Se pone énfasis en que sólo se tiene derecho a hacer lo anterior a sabiendas de que se está haciendo y con una intención (definida o indefinida). De ninguna manera tiene permitido hacerlo por desconocimiento, chabacanería o querer pasarse de listo.

VIII. Todo escritor incipiente tiene derecho a retomar y utilizar en sus obras recursos y descubrimientos aparecidos en obras de otros autores; de preferencia de aquellos considerados como los mejores. Este aprovechamiento legítimo será denominado genéricamente como “influencia”, con los siguientes niveles:

a) Si la influencia es leve, pero claramente reconocible, se le denominará “tradición”.

b) Si la influencia es descaradamente obvia, se le denominará “homenaje”.

c) Si la influencia es múltiple y heterogénea, se le denominará “hipertextualidad” o “diálogo intertextual”.

IX. Todo escritor incipiente tiene derecho a tomar como tema o incorporar en su obra referencias a cualquier otro campo de experiencia vital que no corresponda necesariamente al campo literario, tales como las caricaturas, las series de televisión, el habla y la cultura popular, la música juvenil, el cine hollywoodense, los comics, la Internet, los juegos de video, los gadgets tecnológicos, etcétera, sin que por ello se le tilde de “superficial”, “hueco”, “infantil”, “posmoderno”, “light”, o cualquier otra clase de paparrucha que se les ocurren a los críticos literarios “serios” cuando, por ignorancia, holgazanería o esnobismo, no tienen la más peregrina idea de a qué aluden dichas referencias.

X. Es plenamente legítima la aspiración al best-seller. El primer (y más importante) juez de una obra literaria es el lector. Si una obra tiene muchos lectores, algún valor (incluso pequeño) ha de tener. El escritor incipiente está obligado a rechazar el mito de que si nadie entiende lo que escribe (y por lo mismo nadie lo publica) se debe a que es un genio o está adelantado a su tiempo, ya que, en el caso de un escritor incipiente, la probabilidad de que lo anterior sea cierto es dramáticamente nula. Si nadie entiende todavía Finnegans Wake, es porque lo escribió James Joyce, que sí era un genio.

XI. Todo escritor incipiente tiene el legítimo derecho a utilizar los medios necesarios para que su obra sea conocida por el mayor número de personas, incluso si para ello tiene que recurrir a estrategias que aún no han sido integradas plenamente al sistema tradicional de la industria editorial, tales como la autoedición, la edición digital y la distribución electrónica, las páginas web, los blogs, la multimedia, etcétera, y sin que por ello el escritor sea tachado de “ingenuo”, “chabacano” o “poco serio”.

XII. (Derogado).

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martes, julio 03, 2007

Testamento (borrador)

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por Guillermo Vega Zaragoza


Para la Buba Alarcone

Voy a escriturar a mi nombre
todos los paisajes.
Para empezar,
éste que veo
desde el piso noveno
del palacio del sol.

Ya es mía
esa luna escondida
detrás de la cortina.
Son mías
esas calles lodosas
y hasta el anémico periférico.

También pondré
a mi nombre
el recuerdo de todas
las mujeres hermosas
que he vislumbrado aquí.

No pude poseerlas,
pero ya son mías,
sin que ellas lo sepan,
por la pura magia
de mis partes pudendas.

Pero no pude adueñarme
de esos inmensos ojos
detrás del cristal,
ni de la dientona sonrisa,
ni del hoyuelo en la barbilla,
ni de las caderas
ni del nacimiento
de sus poéticos senos.

Y desde luego,
a nadie voy a heredarle
estas posesiones.

Que se jodan mis descendientes.

Son exclusivamente mías.
Y ahora de ustedes
a través de este poema.

Chihuahua, Chih., septiembre 2006.

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jueves, junio 28, 2007

Plegaria

Por Guillermo Vega Zaragoza

Para Otto-Raúl González, in memoriam

Dios: líbranos de los poetas.
Cárgatelos a todos de una vez,
de nada sirven,
mas que para ponernos tristes
con palabras que hieren,
que incomodan.
Nos salpican y nos ensucian
con puras verdades.

A nadie le gusta la verdad.
A nadie le gusta verse reflejado
en palabras que ni entiende.
Por eso a nadie le gusta la poesía.

Poesía,

la de las canciones de la radio.

Poesía,

la de los informes de gobierno.

Poesía,

la de los columnistas políticos.

Poesía,

la de los reportes financieros.

Poesía,

la de los cronistas deportivos.

Poesía,

la de los presidentes asesinos.

Ésa sí es poesía de veras,
música para los oídos
de las

corporaciones multinacionales

(¿puede haber algo más poético
que estas dos palabras juntas en un poema?)


Los poetas no saben de poesía.
Los poetas sólo saben lastimar.
Los poetas no tienen
ni tuvieron madre,
por eso no respetan nada
ni a nadie.


¿Qué es eso de inventar colores
de alegría y esperanza?
¿Qué es eso de darle
voz y voto a los geranios?
¿A quién le importa un conejo
con las orejas en reposo?
¿Para qué hablar de venados y pájaros,
lunas mutiladas y conciertos para metralleta?
(pensándolo bien,
esos sí tendrían alguna utilidad:
aleccionar a la tropas mercenarias
que luchan por la libertad)

El hombre del nuevo milenio
sólo debe pensar en consumir
y olvidarse de mariconadas
como la poesía,
que no sirve de nada.

Se los digo yo,
que escribí este poema inútil
y el mundo sigue igual que siempre.

Que Dios nos salve de la poesía.

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