sábado, septiembre 03, 2011

Mujeres amadas, de Marco Tulio Aguilera Garramuño



“El negro afirmaba que Irgla tenía atrofiado el órgano espiritual que les posibilita a las mujeres amar. Es una glándula que está situada entre la quinta y sexta vértebras. A veces, a causa de un golpe o de mal funcionamiento del sistema endocrino, el líquido que posibilita ese olvido de sí mismo que es el amor, cesa de fluir. Entonces las mujeres, para sustituir la carencia, comienzan a vivir las relaciones afectivas exclusivamente por medio de la imaginación. Se inventan un amor tras otro y cuando están a punto de entregarse, se sienten una resequedad en todo el cuerpo y buscan cualquier pretexto para terminar.” 

Esta es una de las incontables disquisiciones que Marco Tulio Aguilera Garramuño (célebre por sus libros Breve historia de todas las cosas, 1975 y Cuentos para después de hacer el amor, 1983) pone en boca de los personajes de Mujeres amadas, novela en la que el protagonista Ventura trata de explicarse  por qué la mujer que desea – la norteña Irgla, para más señas – no sucumbe ante sus insistentes ruegos amorosos. El libro transcurre entre los esfuerzos de Ventura para conquistar a la escurridiza Irgla y la perplejidad de aquél ante la resistencia femenina a la entrega. 

Para lograr su objetivo, Ventura (quien, para variar, es un escritor becado en una universidad gringa adonde llega para hacer “imperialismo al reves” y que es comparado con: "...ése que  se llama, ése que escribió la novela llena de gente, el árbol genealógico, fíjense, muchachas, just imagine, una promesa de la literatura”) emprende una cruzada intertextual con Irgla para lograr que su glándula amorosa secrete líquido embriagante que la hará caer en el olvido de sí misma. Ventura se convierte entonces en Casanova, el Marqués de Sade, Marcel Proust, Henry Miller, David Herbert Lawrence y, sobre todo, en Sherezada, ni más ni menos. Cada día Ventura cuenta delirantes hazañas genitales encaminadas a inflamar la pasión de su musa y así poder mantener la cabeza sobre sus hombros. Sin embargo, al final se descubre que Ventura es, como todo fabulador, un mentiroso exquisito.

Aguilera Garramuño maneja múltiples niveles de escritura. Nos sitúa como espectadores, protagonistas, delatores, fisgones y confidentes de la paródica conquista de Irgla. Ventura, es decir, Aguilera Garramuño, practica una mimética de la seducción. En cada oportunidad le guiña un ojo a Irgla con sus historias, pero se lo cierra con el puñetazo de su indiferente y socarrona castidad. Tres cuartas partes de la novela transcurren entre este toma y daca de la pareja, deambulando de un nivel a otro de lectura, haciéndonos cómplices de los juegos eróticos ajedrecísticos de Ramos e Irgla, en los que él mueve sus piezas narrativas creyendo poner en aprietos a su reina, sin darse cuenta de las intenciones de ésta al acomodar su juego sobre el tablero. El seductor, como sucede en muchos casos, resulta seducido y cae. La última parte del libro parece, de hecho, un descenso, no exento de humor, a los infiernos. Ramos–Dante sale de la universidad en pos de su amada y la sigue hasta su regiomontana ciudad natal. En un tono totalmente distinto, menos festivo, más lúgubre, Ramos nos narra su encuentro con un mundo extraño y el enfrentamiento con la disolución de su ideal.

Así contada, la trayectoria de Ventura no tendría la menor importancia. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, hemos asistido a la aparición de varias novelas que intentan desentrañar la crisis de la pareja. ¿Es Mujeres amadas la novela de la pareja de los ’80? debajo de la intención manifiesta de hacer una enciclopedia del amor del siglo XX, Aguilera Garramuño, con una ironía lindante en la exquisitez, denuncia y desecha lo que se llama estiércol sentimental: “la felicidad imbécil de repetir los mismos actos" y se burla de ello. Desfilan en las páginas de la novela todos los hombre que se han enfrentado a la resistencia de principio de su objeto amoroso, después de jubilo de la conquista, tras el suplicio de “la prueba de amor” y, finalmente de la relación. La novela es un largo forcejeo entre la búsqueda de una relación amorosa entre seres libre y la realidad de una relación amorosa infantil. 

Podría entenderse a Mujeres amadas como una crítica al machismo, pero, de hacerlo, es una crítica despiadada a las mujeres que lo hacen posible. Irgla es, al mismo tiempo, una y todas las mujeres. Al igual que ella somete a Ventura a sus extraños ritos de castidad y a sus juegos erótico-infantiles para soterrar un pasado que le avergüenza, toda mujer aspira a una pureza casi divina, prefiere mantenerse intocada y situarse como inalcanzable a cualquier mortal para no revelar su misterio (que la mayoría de las veces resulta decepcionante). La virgen de Murillo  que ilustra la portada resulta elocuente del sentido que guarda la novela: nadie sabe que se esconde detrás de su velo. De cualquier modo, y como conclusión, en la distancia que media entre pura y puta no hay más que una letra.

(Esta reseña fue publicada originalmente en el suplemento Sábado del diario unomásuno en ocasión de la primera edición de la novela, de la cual acaba de aparecer la tercera edición bajo el sello de la Universidad Veracruzana)