jueves, diciembre 03, 2009

La culpa es de Huberto

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Huberto Batis con Leonora Cohen
(Foto tomada del blog de Sandro Cohen.
Leer aquí su post en honor al maestro Batis)


A los 19 años tuve mi primera novia formal. Éramos estudiantes, éramos felices y yo no tenía más dinero que el que me daba mi padre. Sin más obligaciones que estudiar, me la pasaba todo el día con ella. Al principio, todo era bonito, hasta que ella empezó a aburrirse, y un día me dijo: “Oye, ¿por qué no haces algo de más provecho que andar todo el día conmigo?”. Algo, ¿cómo qué?, le dije. “No sé, métete a estudiar otra cosa o a un taller literario, ya que dices que quieres ser escritor”, me dijo.

Entonces busqué en el periódico algún posible taller. En aquel entonces el ISSSTE tenía una oficina de cultura coordinada por el poeta Sergio Mondragón. Entre las actividades impartían varios cursos. Uno de ellos era el de cuento con Edmundo Valadés, ni más ni menos. El único problema era que el horario coincidía con el de las clases en la Universidad, pero de todos modos me atreví a probar. Era a las cinco de la tarde en un salón arriba de la estación Balderas del Metro. Estaba lleno, como cincuenta personas. Pregunté cómo era la mecánica. Alguien me informo que uno dejaba su cuento en el escritorio del maestro y esperaba su turno para que él lo leyera y lo comentara. Logré divisar a lo lejos la calva del maestro Valadés y su voz apenas audible. Junto a él, encima del escritorio, una pila de hojas de papel. Como a la media hora, terminó de leer el cuento. Y entonces empezó el comentario. Una hora más. Y entonces se acabó la sesión. A ese ritmo, leería algo mío en algo menos de un año. Me fui.

El único taller que se acomodaba a mi horario era el de Periodismo cultural con Huberto Batis, los martes a las doce del día en el Museo Carrillo Gil. Decidí presentarme. Me senté hasta atrás. Había como diez o doce personas. El maestro llegó con su portafolio y una cámara fotográfica. Algunos le dejaron hojas en el escritorio. Él comenzó a leer. Se trataba fundamentalmente de crónicas urbanas. Luego pidió opiniones y finalmente dio su comentario. Algunos textos los regresaba al autor para que los modificara, pero otros se los quedaba él. Al final de la sesión, sacó unos sobres y voceó el nombre de varios de los asistentes y de algunos otros ausentes. Le pregunté a la chica que estaba a mi lado que contenían los sobres. “Es el pago por publicación. Las mejores aparecen en el unomásuno”.

Los días siguientes compré el periódico. En la sección de Ciudad aparecían las crónicas de Ignacio Trejo Fuentes, Humberto Ríos Navarrete, Amílcar Salazar, Arturo Trejo Villafuerte, Sandro Cohen, Josefina Estrada y muchos otros que no conocía. Puras “estrellas”. O así los veía yo entonces, lejanos e inalcanzables. “N’ombre, qué me van a andar publicando a mí, si soy un chamaquito pendejo que perpetra sus adefesios roqueros en una revistita musical que quiere hacerle la competencia a Notitas Musicales?”, pensaba yo, con la alta autoestima que ya me caracterizaba desde entonces.

Hasta que un día apareció una crónica de las que Batis leyó en el taller.

Para la siguiente sesión, me atreví a escribir una crónica sobre el “aeropuerto” de la Facultad de Filosofía y Letras (así le llaman al pasillo principal de esa escuela). Bastante larga e inane, por cierto. Batis la leyó y me la regresó con algún comentario que ahora ni recuerdo. La semana siguiente, llevé otra crónica sobre un sordomudo en el Metro que pide limosna y resulta un fraude. Batis comentó que había que cambiarle el final, pero no me la regresó. A los pocos días apareció en el unomásuno con el título de “Las estampillas del sordomudo”. Compré como diez ejemplares del periódico para regalarlos a mis amigos y, desde luego, a la novia que me mandó a hacer algo de provecho.

Fue el viernes 31 de octubre de 1986 en la página 11 del periódico unomásuno, dirigido por Manuel Becerra Acosta.

Lo recuerdo porque esa fecha la considero mi inicio “oficial” como periodista. Todo gracias a Huberto Batis. Es decir, si yo sigo en esto, es por culpa de él.

PD: Ah, y la siguiente sesión Huberto me dio un sobre con 200 pesotes de entonces. Ése también fue mi primer sueldo como periodista.

(Huberto Batis recibirá el próximo domingo 6 de diciembre la Medalla de Oro Bellas Artes por sus 75 años de edad y su carrera periodística y literaria, al mediodía en la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes)

5 Comments:

Blogger Fernando Celis said...

Tss... muy buena anécdota. La envidio.

Saludos.

11:17 p.m.  
Blogger 香蕉 said...

Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.

10:11 a.m.  
Blogger Ricardo Rodríguez Inda said...

Oye maestro, yo recuerdo cuando me enseñaste el ejemplar, en el pasillo enfrente del salón 1405 de la ENEP Aragón, hoy FES; estábamos Isidro Quintana (diente fino), Oscarín y el Condorman. Te veías como niño con Xbox nuevo. 24 años viviendo de tundir teclas se dice fácil; pero no lo es tanto. En especial cuando lo escrito pasa por el filtro del endiablado gusto de un editor que sí sabe leer. Siga echando desmadre con el teclado, que para eso nació...

1:16 a.m.  
Blogger Luis said...

Hola Guillermo. Tu historia me hizo remover las telarañas de la memoria, pues tus impresiones fueron similares a las que vivimos otros. Me acuerdo que en el taller de Batis siempre andabas junto con Jorge Luis Sáenz. No he podido olvidar una excelente crónica de aquellos tiempos donde narras el asalto a una combi con un final irónico que habla de unos cubanos. En cuanto al taller de Edmundo Valadés, era tal cual lo describes, pero se llevaba a cabo en el segundo piso del edificio del Metro Juárez (dirección Indios Verdes). Y en cuanto al pago de los sobres que sacaba Batis de su portafolios, por cada crónica publicada (al menos a finales de 1987 que fue cuando me integré)era de cinco pesotes (una miseria que se compensaba al verse publicado en el diario o en el suplemento Sábado). Si no me falla la memoria creo que Maliyel Beverido y Jorge Luis Sáenz, eran los más publicados y quienes menores ironías recibían de Batis, luego se integró Naief Yehya que me parecía que escribía compulsivamente.

8:07 p.m.  
Blogger Guillermo Vega Zaragoza said...

Hola Luis:

Tienes razón. Era el metro Juárez. Y sobre el dinero, la verdad es que no me acordaba bien de la cantidad (con eso de los nuevos pesos) y no tengo aquí en la nueva casa mi archivo donde guardo los recibos, pero debió ser así. Y claro, me faltó Maliyel y varios más.

Saludos.

G.

9:30 p.m.  

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