jueves, abril 05, 2007

La visión de los vencidos

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Han coincidido en cartelera dos películas que, aparentemente, no tienen muchos puntos de contacto, pero si pone uno atención los encontrará irremediablemente. Se trata de 300 y Alatriste.

La primera se trata de una transposición (porque no se le puede llamar “adaptación”, ya que es una calca encuadre por encuadre) de la “novela gráfica” de Frank Miller (ahora todos quieren ser considerados escritores: los guionistas quieren ser “autores de cine” y los historietistas quieren ser “novelistas gráficos”), de quien Robert Rodríguez hizo la versión de Sin City hace un par de años.

Como se sabe, el 300 se refiere al grupo de soldados espartanos encabezados por el rey Leónidas que se enfrentaron al poderoso ejército persa de Jerjes en la célebre batalla de las Termópilas. Hasta ahí todo bien. Visualmente, la película es impresionante. Es una de esas cintas que “deben” verse en pantalla grande. La plasticidad de las imágenes, la textura, los colores, los encuadres, todo es impactante. Nada más.

A diferencia de Sin City que es desde el principio una historia para comic, donde hay buenos y malos, sin matices (estereotipos, pues), aquí nos encontramos con una historieta que busca recrear un hecho histórico, y ya sabemos que el comic no es un instrumento muy agudo para lidiar con matices y profundidades psicológicas. Las grandes aportaciones de las nuevas versiones de Spiderman y, sobre todo, el Batman Begins de Christopher Nolan, es que han trascendido la simple historia de superhéroes y le han brindado una tridimensionalidad a los personajes que en su fuente original no tenían (y no tenían por qué tener, ya que para eso es el comic: la lucha sin cuartel entre el bien y el mal, como en la lucha libre).

Como 300 es una transposición casi literal de la historieta, adolece de las mismas limitaciones: maniqueísmo, personajes chatos, problemas de estructura narrativa (saltos inexplicables, asuntos inverosímiles, tramas irresueltas), etcétera.

Nomás para ilustrar, me voy a tomar la libertad de citar el artículo de Juan Villoro sobre la película que apareció hace unos días en el Reforma:

“¿Qué aprendemos de los espartanos? Básicamente que no les gustaba vestirse (incluso en la nieve están semidesnudos y la reina no lleva ropa interior). Su educación dejaba mucho que desear (consistía en abofetearse: el que no se desmayaba, aprobaba con 10). Sin embargo, por un capricho insondable, estaban obsesionados con la libertad. No querían ser, como los persas, dominados por tiranos. ¿Para qué deseaban la libertad? Supongo que para ir al gimnasio, porque les fascinaba tener marcados los músculos del vientre. Un espartano jamás se ponía chipil y sólo pronunciaba la palabra "amor" bajo una lluvia de flechas. En combate, su raciocinio pertenecía a las especies inferiores, un poco por debajo de la hiena: prefería morir a replegarse. (Hago un pequeño salto de milenios y me acerco a la Casa Blanca: a todo esto le llamaban luchar por la razón y oponerse al misticismo). Gracias a Stallone y Schwarzenegger sabemos que un hombre de acción pronuncia con dificultad. Tal vez por ello, el héroe de las Termópilas habla como si viniera del dentista y le hubieran dejado algodones en la boca. No dice "this is Sparta" sino "chiiis issss Shhhhparta". Luego sonríe con temible prognatismo”.

Se supone que no deberíamos ver en la película una metáfora de la situación actual de Estados Unidos en Irak (cada reseña que he leído prohíbe al lector siquiera atreverse a imaginar esa obviedad), pero ya sabemos que el cine es, de alguna manera, reflejo del inconciente colectivo de la sociedad de la que surge, así que es inevitable la comparación: ¿será que los gringos se están preparando inconcientemente para soportar la vergüenza de la derrota de sus despropósitos bélicos en Medio Oriente? Es decir: ¿reconocer que perdieron, pero perdieron como los meros machos, y "nomás espérense tantito, pinches árabes, porque a la siguiente sí nos los vamos a chingar"?

No obstante, las motivaciones profundas de una película como Alatriste no quedan tan del todo claras, quizá porque se trata de una película española, sobre un personaje español (interpretado por un actor gringo que habla como argentino) en una época específica de la historia española. Nuevamente, nos encontramos con una producción cuidadísima visualmente hablando (no por nada es la película más cara de la historia del cine español) la reconstrucción histórica es impresionante, casi se puede oler la cebolla, el ajo y el chorizo.

Pero aquí también tenemos el problema de que se trata de una adaptación de una serie de novelas que reproducen precisamente el género predecesor de la historieta: el folletín. Las cinco novelas de Arturo Pérez-Reverte sobre las andanzas del capitán Diego Alatriste que se dejan leer tan bien en forma de libro, no dieron el ancho para el cine: fueron vilmente tasajeadas por el director y guionista Agustín Díaz Yanes, y todo aquél que no esté familiarizado con los libros ni con los hechos históricos del imperio español en el siglo XVII no va a entender ni madres. Las tramas fueron condensadas y reducidas para que cupieran en una sola película (como que se las olían de que no iban a poder hacer una secuela).

Aunque las actuaciones son decorosas, el asunto es que, más allá de los espadazos, se trata de una película casi sin diálogos, y cuando los personajes hablan, sus parlamentos a veces son de risa loca, ya que están simplemente copiados de las novelas (que no están hechas para ser película) y no ayudan a que la acción avance. Viggo Mortensen hace todo lo posible para darle algo de profundidad al capitán Alatriste, retrata a toda madre ante la cámara, pero ante tal galimatías de acciones y supuestas intrigas no se logra entender mucho de sus motivaciones, porque el trazo del personaje no llega más allá del paradito ése medio joto con la mano en la cintura.

Resulta que, al igual que Leónidas, Alatriste muere heroicamente en la última batalla. ¿Otra premonición de la vergonzosa actuación española como parte de la coalición contra Irak? Habrá entonces que esperar una cinta sobre algún episodio bélico que haya perdido Inglaterra pero heroicamente (¿qué?, ¿el Combate de los Treinta?, ¿la Guerra de los Cien Años?).

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1 Comments:

Blogger El Lobo said...

Que tal, Guillermo.

Gracias por compartirme el artículo del Reforma antes de que lo hicieras parte de tu post. La verdad es que el buen Juan hizo que me doblara de la risa.

Creo que el comic puede ser una herramienta construir personajes complejos,aunque no al grado de los géneros puramente escritos. Lo que creo de 300 (Alatriste no la he visto, y cuando ví el trailers en Youtube, casi me quedo dormido..¿Cómo será entonces la película?), es que Miller la construyó alrededor de un hecho concreto, la batalla en las Termópilas, y por lo mismo los demás elementos narrativos que utilizó (desarrollo de personajes, pro ejemplo) giraban alrededor de este hecho único. No se podía ver, por ejemplo, al Leónidas de antes de la invasión persa,para darle mayor profundidad, sino que lo plasmó en función de la batalla. Es por eso, quizá, que las subtramas que se le quisieron agregar parecen pegadas con engrudo y se caen a las primeras de cambio.

En fin, ojalá y le vaya mejor con las siguientes adaptaciones de su obra.

Saludos.

P.D. Feliz estancia en playa Marcelo

5:23 a.m.  

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