viernes, septiembre 08, 2006

La Rapsodia IX de La Ilíada o de por qué Aquiles Manuel no calma su cólera.

por Fernando Reyes

Hay maneras de rescatar a los clásicos, aunque el término mismo de “rescatar” es ya de suyo fatalista y mesiánico, actitudes que frecuentemente adoptan los profesores de literatura. Los clásicos allí están, o allí estuvieron o allí estarán, su propio valor los hace permanecer, su lectura frecuente los resucita, nadie los rescatará, ni los autores (la mayoría olvidados en su propia época), ni los críticos (quienes los utilizan para llevar agua a su molino), ni los profesores (quienes se amparan en el peso institucionalmente académico que aquéllos poseen), ni los lectores comunes (quienes los leerán porque los otros dicen que son importantes). Sin embargo, siempre se cae en la bendita tentación de dar vida nueva a los tan traídos y llevados autores clásicos de la literatura universal.

Como maestro de bachillerato, uno anda buscando estas maneras del rescate. Se les puede hablar a los alumnos que un clásico perpetúa los valores sempiternos del ser humano: la verdad, la belleza, el amor, la vida, la muerte. Y a ellos les vale una pura y dos con sal. Les habla uno acerca de las mil y una historias apasionantes y fantásticas que encierra la literatura de todos los tiempos. Y a ellos les entra por un oído y les sale por otro. Por eso, el profesor de literatura buscará formas cada vez más innovadoras e interesantes para que el estudiante se acerque a aquellos textos. Podemos proponerles, por ejemplo, que Hamlet se lleve al grafitti y la Odisea al comic, que lean El Quijote en la versión de Francisco Hinojosa o La Eneida en el lenguaje de Agustín Mosreal; aun a pesar del enojo, casi indignación de uno que otro académico exquisito o crítico petulante, ¿acaso ellos leen La Iliada en hexámetros dactílicos en antiguo griego jónico? Por eso caben las versiones cinematográficas donde aparecen galancitos como Brad Pitt y Orlando Bloom o la clásica de los ochenta The warriors, en la que la anécdota de Ilión se contextualiza en el Bronx de New York. Por eso vale una versión en body paint o incluso en rap, (término que viene precisamente de Rapsodia). Si despertamos su interés, algún día el estudiante leerá los clásicos originales con gusto y paciencia.

En este contexto de la descontextualización y la re-contextualización, se me ocurre hablar de la Rapsodia IX ubicándola en los plantones del Zócalo y la cólera del Peje. Aquí les va:

Una ciudad ha sido azotada por los rayos, precursores de las amargas batallas, lanzados por la furia divina de Vicente Zeux. Al campamento donde moran las huestes de Aquiles Manuel, Agamenón Cárdenas, guiado por los nobles Dioses del Poder, ha encomendado a los principales caudillos del ejército peje-aqueo para que insten al de la voz pausada a que deponga su cólera. Pero el peje-aqueo defiende el honor de su ira sentenciando a los heraldos: “Nada me resta por haber sufrido innúmeras desdichas y arriesgar mi alma peleando. Marcha atrás ya no daré ya que el mal está cumplido y ni él ni dioses ni ejércitos verán mi alma en paz y mi corazón sin rabia. Nunca más proferiré ‘sonrían’ pues he sido traicionado y me han despojado de lo que más quería”. Entonces Ayax Ortega, líder de los chuchos, le habló de las concertasesiones que el otro bando le podría ofrecer: “Rehuye la discordia, engendradora de desdichas, para que te veneren jóvenes y vejecitos. Abraza fuerte tu inmenso corazón para que sonrían todos y la victoria esté de tu lado. Cediendo, eres tú, valiente y honesto caudillo, quien gana esta batalla”. A lo dicho, Ulises Batres añadió: “La benevolencia te alcanzará y pagará por tu cetro espléndidos tributos. Enseguida te serán entregadas tus riquezas: doce autos que serán siempre los primeros merced la rapidez de su carrera, siete bellas mujeres, hábiles para el trabajo de la labia, serán de tu dominio siete importantes ciudades, te darán siete actrices y tendrás como esposa a una mujer cuya belleza sólo se compara a la de Afrodita.”

“Hay muchas hijas de nobles guerreros –respondió Aquiles Manuel- y a una tomaré como legítima esposa cuando mi cólera se desahogue contra quienes me han injuriado. Vayan y digan que aborrezco sus dádivas y le estimo tan poco como a la morada de Hades. He vencido ejércitos, sitiado ciudades y avenidas, sólo yo sé cuando obraré, haciendo honor a mi estirpe y para que mi fama y gloria sea imperecedera”. Habló así, y todos permanecieron silenciosos, abrumados por el discurso y por tan dura repulsa.

Ante el orgullo colérico y hambre de venganza de Aquiles, el viejo Fénix Encinas le ofreció su apoyo y decidió quedarse en la tienda a compartir rojos vinos y viandas de lagarto. Sabedor de que el enemigo se ha instalado enfrente de las murallas peje-aqueas, y haciendo el último intento por disuadir al Jefe, el sabio Fénix habló así:

“No he de dejarte solo en tu decisión, mi fiel amigo. He peleado contra las odiosas Erinias de la tele que han querido derrotarnos, todos me han acechado y juzgado por querer venir a tu lado, ¡oh, Aquiles igual a los Dioses! Mucho he sufrido por ti, para que un día pudieras defenderme de los ultrajes y la muerte. Oh, apacigua tu alma inmensa, que no es bien poseer un corazón exento de piedad y de perdón. Exonerables son los mismos Dioses, aunque no tengan par en la virtud, los honores ni el poder, pues los hombres cuando los hemos ofendido les aplacamos con plegarias, libaciones, humo de sacrificios y votos, muchos votos. Decide ahora mismo si aceptarás los regalos que te envían estos nobles emisarios.”

A esto contestó Aquiles Manuel, rehuyendo a negociación alguna:

“Oh, Fénix Encinas a quien amo como a un divino y venerable padre. Tú que tienes poder y gobierno, sabes bien que no tengo precisión de riquezas ni honores. Justo es que odies a quien a mí me odia. Reina, pues, conmigo y defiende la parte de mi honra que te incumbe. Cuando éstos partan, permanece aquí tú, en mi lecho bajo estas tiendas amarillas mojadas por la lluvia. En cuanto a vosotros, idos para transmitir mi respuesta a los caudillos, participándosela también a los ancianos, mis viejecitos que han curtido mi alma con sus penas”.

Después de haber tomado vino y pejelagarto, los heraldos partieron a dar la respuesta negativa a los otros. Solamente se quedó al lado el fiel y barbado Fénix, quien se dispuso a esperar la luz de la divina Aurora para dilucidar lo que se haría en el futuro que pronto llega. Mientras, el invadido por la cólera, líder de los mirmidones, se acostó en el fondo de una bien construida tienda y a su lado se acostó una bella mujer traída de Lesbos, a quien nadie conocía, ni sus más cercanos servidores. Al lado suyo, Patroclo Ebrad disfrutaba los placeres de su bella acompañante Ifis, que le fue dada por el divino Aquiles al tomar la ciudad de Enieo, también conocida como Distritópulus Fedélade.

Aquella noche Agamenón Cárdenas no pudo dormir y fue a pedir consejo a Felipe Menelao. Quienes quieran saber lo que éste le aconsejó, quienes quieran saber si Aquiles Manuel calmó su cólera, no dejen de leer la Rapsodia X, que trata, entre otras cosas, asuntos de espionaje, armas y la muerte de importantes personajes, en esta historia donde se encuentra siempre presente la lucha por el poder, la fidelidad y traición entre los amigos, y la Fatalidad griega, que no es otra cosa sino el destino azaroso, por el cual los hombres –incluyendo a los analistas políticos- no saben nunca lo que va a pasar.

1 Comments:

Blogger Eratóstenes Horamarcada said...

Lo encuentro más cómico que épico, pero también para este post tengo una recomendación del Bloque de Opinión:
http://bloquedeopinion.blogspot.com/2006/08/antgona-propsito-de-la-legalidad-y-la.html

6:54 p.m.  

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