lunes, abril 19, 2010

Un costal de mañas

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Por Guillermo Vega Zaragoza

Sombras detrás de la ventana. Cuentos reunidos,
Eduardo Antonio Parra,
Editorial Era/Conaculta/ Fondo Editorial de Nuevo León/UANL,
México, 2009.

Parece haber un consenso amplio entre la crítica literaria de que Eduardo Antonio Parra (León, Guanajuato, 1965) es “uno de los narradores mexicanos más brillantes, consistentes y por eso importantes de las generaciones más recientes”, como ha dicho Ignacio Trejo Fuentes, por citar a uno de los críticos más difíciles de complacer en el medio literario nacional. Con la aparición de sus cuentos reunidos –volumen con el que ganó el Premio Antonin Artaud 2009– es posible experimentar de nuevo, de un solo golpe, la evolución de este narrador que también ha incursionado en la novela con un thriller (Nostalgia de la sombra, Planeta, 2002) y una de tema histórico (Juárez. El rostro de piedra, Grijalbo, 2008), ambas también ampliamente encomiadas por los reseñistas.

¿Qué clase de “hacedor de gemas cuentísticas memorables” –como lo ha llamado Daniel Sada– es Eduardo Antonio Parra? En principio, habría que destacar que su ámbito es el realismo, pero no de cualquier tipo: se trata de un realismo duro, a veces crudo y sórdido, que sin embargo no está peleado con la creación de atmósferas de violenta intensidad y erotismo.

Ya desde los nueve cuentos de Los límites de la noche, publicado en 1996, se nos revelaron las herramientas de este autor: prosa ceñida, pero no por ello menos tersa; con precisión y profundidad para desarrollar tramas y caracteres. Si Parra fuera cirujano, utilizaría con maestría el bisturí para destripar a sus personajes con apenas unos cuantos cortes leves pero letales. En este sentido, es un escritor de talante clásico, que se desenvuelve con pocos atrevimientos formales y se precia de seguir los preceptos dominantes del canon cuentístico.

Aunque ya se está volviendo casi un lugar común al referirse a la influencia que han tenido en él José Revueltas y Juan Rulfo, e incluso Juan Carlos Onetti, lo cierto es que a los críticos se les ha escapado mencionar la vinculación de su talante con el de uno de los prosistas más finos de nuestra literatura: Martín Luis Guzmán. Comparte con él, además de la prosa cuidada, el leve aliento épico de la tragedia humana de personajes en situaciones límite, como en “El placer de morir”, “El pozo” y “El cazador”. Christopher Domínguez Michael afirmó que la violencia mexicana, que parecía agotada por décadas de literatura miserabilista, ha renacido en los cuentos de Parra “como si todas las formas de crueldad fueran nuevas en la pluma de uno de los cuentistas más extraordinarios (y naturalmente) dotados de nuestras letras”.

En Tierra de nadie (1999) repitió la dosis, aunque ya se percibía una evolución tanto estilística como temática, aunque siempre con un hilo conductor: la visión desencantada sobre la naturaleza humana, como en “La vida real”, “Nomás no me quiten lo poquito que traigo” y “El cristo de San Buenaventura.” En diciembre de 2000 Parra obtuvo el Premio del Concurso Internacional de Cuentos Juan Rulfo, que se otorga en París, con “Nadie los vio salir”, una especie de aleph de su universo narrativo: a un congal de la frontera, verdadera Babilonia del subdesarrollo, una pareja de belleza y sensualidad extraordinarias llega a cumplir una inusual misión: desatar el deseo y el desenfreno en ese lugar de casi muertos vivientes, logrando la intrusión prodigiosa de la belleza en el horror.

En una entrevista reciente, a propósito del Premio Artaud, Parra confesó que no hay trucos para escribir, que uno aprende mañas y éstas son las que hacen al escritor: “Un autor formado es un costal de mañas del lenguaje.” Esto queda de manifiesto en Parábolas del silencio (2006), su colección más reciente y que algunos consideran su mejor libro, donde Parra se hunde aún más en sus obsesiones, en los terrenos de lo oscuro y lo sórdido, pero aplicando recursos narrativos no empleados hasta entonces por él. A propósito de este volumen, el peruano Fernando Iwasaki agradeció que Parra “explore las infinitas posibilidades del monólogo interior o que simplemente dé rienda suelta a su vocación de narrador, al placer de contar historias y a la ilusión de fraguar personajes memorables, mezclando barro con otras sustancias más bien innombrables”, como en “Bajo la mirada de la luna”, “El laberinto” “Al acecho” y “Cuerpo presente”, donde el aliento poético y los hallazgos descriptivos se entremezclan con la mezquindad y las atrocidades de las historias que nos cuenta.

Para terminar: Parra manifiesta una predilección por el número nueve (cada uno de sus tres libros de cuentos incluyen esa cantidad de textos), que en la Cábala está representado por el Eremita, el cual, de acuerdo con los arcanos del Tarot, simboliza la soledad y los sufrimientos, así como el sexo, la alquimia o la transmutación sexual, elementos curiosamente presentes en su narrativa. Pero, además, los cuentos incluidos en este libro son veintocho; si ambos números se suman resulta el número 10, que representa la Rueda de la Fortuna y simboliza la recurrencia, la retribución, los buenos negocios y los cambios. Es decir, buenos augurios para lo que parece ser el cierre de un ciclo y el inicio de otro de un escritor cuya editorial considera que “pocas veces en la historia de la literatura mexicana un autor se había convertido, de manera tan temprana, en un clásico”.

Publicado en La Jornada Semanal.

1 Comments:

Blogger txt:::nauta said...

Me parece muy creativa la reflexión numérica que cierra el texto. Coincido en que lo más disfrutable de la literatura de Parra es ese afán por contar historias; y la resistencia a caer en los juegos narrativos que homogeneiza a muchos otros escritores de su generación. Un saludo, Memo.

1:41 p.m.  

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