viernes, diciembre 10, 2010

Elegía

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Eli Levin, "Woman in bed", 1938.

por Gonzalo Rojas


Acabo de matar a una mujer
después de haber dormido con ella una semana,
después de haberla amado con locura
desde el pelo a las uñas, después de haber comido
su cuerpo y su alma, con mi cuerpo hambriento.

Aún la alcoba está llena de sus gritos,
y de sus gritos salen todavía sus ojos.
Aún está blanca y muda con los ojos abiertos,
hundida en su mudez y en su blancura,
después de la faena y la fatiga.

Son siete días con sus siete noches
los que estuvimos juntos en un enorme beso,
sin comer, sin beber, fuera del mundo,
haciendo de esta cama de hotel un remolino
en el que naufragábamos.

Al momento de hundirnos, todo era como un sol
del que nosotros fuimos solamente dos rayos,
porque no hay otro sol que el fuego convulsivo
del orgasmo sin fin, en que se quema
toda la raza humana.

Éramos dos partículas de la corriente libre.
Con el oído puesto bajo ella, despertábamos
a otro sol más terrible, pero imperecedero,
a un sol alimentado con la muerte del hombre,
y en ese sol ardíamos.

Al salir del infierno, la mujer se moría
por volver al infierno. Me acuerdo que lloraba
de sed, y me pedía que la matara pronto.
Me acuerdo de su cuerpo duro y enrojecido,
como en la playa, al beso del aire caluroso.

Ya no hay deseo en ella que no se haya cumplido.
Al verla así, me acuerdo de su risa preciosa,
de sus piernas flexibles, de su honda mordedura,
y aun la veo sangrienta entre las sábanas,
teatro de nuestra guerra.

¿Qué haré con su belleza convertida en cadáver?
¿La arrojaré por el balcón, después
de reducirla a polvo?
¿La enterraré, después? ¿La dejaré a mi lado
como triste recuerdo?

No. Nunca lloraré sobre ningún recuerdo,
porque todo recuerdo es un difunto
que nos persigue hasta la muerte.
Me acostaré con ella. La enterraré conmigo.
Despertaré con ella.

(De Qedeshím Qedeshóth. Antología, FCE, Chile, 2009)

lunes, diciembre 06, 2010

Cuentos del Cuerpo, de María Elena Sarmiento

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por Guillermo Vega Zaragoza


Es difícil escribir un cuento y más aún armar un libro de cuentos con un tema unitario que no sea una simple colección de textos inconexos reunidos por el azar o la urgencia de la publicación. María Elena Sarmiento nos presenta su primer libro de cuentos, publicado por Editorial Felou, con una idea y una estructura inusual: 32 historias relacionadas con 32 partes del cuerpo humano: desde el muslo y la rodilla, las nalgas y los senos, el hígado, el estómago y el riñón, diferentes dedos de la mano, los huesos, la boca, la nariz, los ojos, la piel, el cabello, el cerebro, el corazón, y hasta la grasa tiene su cuento.

Desde luego, no se trata necesariamente de que cada parte del cuerpo sea protagonista sino de que cada una de ellas es el leit motiv, el pretexto, el pivote o el elemento que desencadena el conflicto de los personajes de cada relato, y así como son disímbolas cada una de las partes que conforman el cuerpo humano, así los cuentos de esta autora se ajustan a las necesidades de cada historia. Algunos no rebasan ni una cuartilla de extensión, otros apenas ocupan tres o cuatro. La autora muestra predilección por lo breve y en el pequeño espacio de pocas páginas se desenvuelve con soltura, pero también con precisión, agudeza y, podemos afirmarlo, la malicia necesaria que hace la diferencia entre un simple narrador y un cuentista hecho y derecho. María Elena Sarmiento sabe que en el difícil arte de la narración breve un paso en falso, una palabra fuera de lugar, un final apresurado o alargado innecesariamente puede costarle la vida al cuento, sin remedio, sin esperanza de enmendarlo.

Decíamos que escribir un buen cuento es difícil. En efecto: cualquiera puede narrar. De hecho, el hombre es el único ser sobre la Tierra que narra, el único que adquiere sentido de su existencia porque sólo puede entenderla como una narración, como una historia que se sucede en el tiempo; que fue, que es o que será, pero historia a fin de cuentas.

Sin embargo, no cualquiera puede escribir un buen cuento, no digamos un excelente cuento o una obra maestra del cuento, porque para ello, además de la capacidad de narrar, es necesario encontrar el equilibrio perfecto entre los elementos que lo conforman, que pueden resumirse en tres: historia, tratamiento y estilo. Como se sabe, la cantidad de historias que se pueden contar es finita. Casi todo se ha contado ya, de alguna u otra manera, y esto es así porque el ciclo de la vida es siempre el mismo: nacer-vivir-morir. De eso nadie se escapa. Y sin embargo, la forma de enfrentar y experimentar ese ciclo es lo que nos distingue unos de otros. Lo mismo sucede con los cuentos: parece que relatan la misma historia, pero lo que los hace diferentes es el tratamiento, la forma en que es abordada la historia, la perspectiva que se elige para contarla de una manera determinada y no de otra.

Y sin embargo, eso no es suficiente para hacer un gran cuento. Hace falta otro elemento: el estilo de cada escritor, esa forma única de abordar los hechos narrados, pero, sobre todo, la forma de mirarlos y narrarlos, la mirada y la elección de las palabras precisas para provocar un determinado efecto en el lector. Eso es lo que le otorga la verdadera originalidad a un cuento: la forma única en que algo puede ser narrado por alguien, por esa persona específica, y nadie más.

Desde luego, cuando hablo de equilibrio esto no quiere decir que éste necesariamente sea simétrico, aunque sí debe ser armónico. Es decir, que dentro de sus propios límites, dentro de sus propios territorios y sus propias reglas, encuentre la forma única y perfecta que hace funcionar como cuento y no como un simple relato, esa combinación de elementos, esa alquimia, que hace que el escritor sienta viva a su creación, que una vez que la ha concluido le hace gritar de júbilo: “¡Está vivo!, está vivo!”, igualito que el doctor Frankenstein.

He dicho que el equilibrio del cuento no necesariamente tiene que ser simétrico, pero sí armónico. Igual que el cuerpo humano. Como dice el doctor Francisco González Crussí, en el funcionamiento de las partes del cuerpo humano “hay una congruencia maravillosa, un equilibrio perfecto que reúne la belleza y la utilidad, y no sabemos si admirar la primera o alabar la segunda”. Y abunda: “‘Armonía’ fue la palabra griega inventada para denotar esta admirable coordinación. Es apropiado que la palabra sea también un término musical, pues así como los sonidos que están en concordancia con otros son percibidos como deliciosos y los discordantes como molestos, así el acuerdo y la discrepancia de los movimientos de un cuerpo individual son interpretados por la mente antes de que haya tiempo para la reflexión. Si es destruida esta armonía, la expresión del cuerpo se vuelve compleja, críptica, digna de piedad, o hilarante”.

Tal pareciera que María Elena Sarmiento tomó como un reto narrar a través de sus cuentos las diferentes formas en que es destruida esta armonía del cuerpo humano. Como lo afirma la autora en el texto inicial del libro: “Las ideas que cada quien tiene acerca del cuerpo humano son fragmentarias, fruto de sus valores, deseos, carencias, fortunas, experiencias personales y trozos de la realidad con los cuales se topa en el camino”. Así —a veces con humor negrísimo, en otras con ternura, pero siempre con precisión de cirujano—, nos muestra las múltiples formas de esta fragmentación, de la relación que el ser humano en la actualidad tiene con su propio cuerpo y con el cuerpo de los otros; relación que se manifiesta a través del extrañamiento, de la otredad, de la insatisfacción, del deseo y del rechazo. Para ilustrar esta condición, tenemos una nueva versión del mito de la creación, donde Eva decide extirparse la costilla y regresársela a Adán para liberarse del yugo de siglos; o la mujer que, de tanto mirarse en el espejo y creer que está gorda, termina convirtiéndose en vaca; o los maestros albañiles que prefieren no saber lo que todos saben; o el jefe de oficina que cree gobernar hasta las tetas de sus subordinadas; o una moderna versión del cuento de Hansel y Gretel; o la mujer que busca pareja por Internet y termina metida en una cofradía antropófaga; o donde la autora reta al lector a construir su propio cuento, o esa batalla interminable por la delgadez, que más que cuento parece un poema triste y desesperado. En todos los relatos hay esa mirada atenta de la autora a los más sutiles detalles no sólo de los comportamientos humanos sino de los objetos que pueden reflejar, en su carácter inanimado, la historia de toda una vida. Por ejemplo, en el cuento titulado “Brevedad”, donde a partir de la sola descripción del camerino vacío de una famosa bailarina podemos inferir la lamentable decadencia de su existencia. O en “El obediente”, que nos narra el desesperante delirio de un teporocho que aún muerto sigue atendiendo las órdenes de las voces en su cabeza. O la mirada irónica y descarnada al personaje de “La última risa”, cuyo destino estuvo marcado por el desafortunado apodo de “El Riñón”..

En La fábrica del cuerpo (Turner/Ortega y Ortiz, 2006), Francisco González Crussí señala que jamás debemos olvidar que “el cuerpo es la sede de la identidad del ser humano y que el ser humano no puede reducirse al cuerpo. Atrás del cuerpo, o por encima de él, está la historia de cada individuo: su imaginación, sus valores, sus angustias y sus gozos. […] Disociar al cuerpo de todos sus elementos simbólicos sería tanto como ocuparse no de un ser humano, sino de un miembro de una especie diferente”. No es casual, entonces, que María Elena Sarmiento nos presente éste, su primer libro de cuentos, como el objeto que resulta de la subjetivación de su propio yo, que se concreta en los fragmentos desmembrados que entre pasta y pasta forman el cuerpo de su monstruo personal, su visión del mundo y de ella misma. “Es mi cuerpo fragmentado, desarticulado, que nace de la palabra escrita. Que sea ella la que le dé vida a través de tu lectura”, nos dice. Y, en efecto, nosotros nos adentramos en las páginas de este estimulante, sugerente y disfrutable volumen, donde como en un espejo hecho 32 pedazos podemos reconocer algo de nuestra propia humanidad, para ayudar a comprendernos y comprender los misterios del mundo y de la vida, como lo hace la verdadera literatura.

(Leído en la presentación del libro el 23 de noviembre de 2010 en Casa Lamm, en la Ciudad de México)

jueves, diciembre 02, 2010

Hacia una poética del fragmento

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(A propósito de
Cuentos para incendiar la oscuridad, de Fernando Reyes)

Por Guillermo Vega Zaragoza

1. Vivimos en la fragmentósfera. El discurso se ha vuelto fragmentario.

2. El discurso extenso se ha convertido en una ilusión. La atención no se fija más que en fragmentos.

3. La realidad siempre ha sido fragmentaria, ya que no podemos captarla en su totalidad. Necesitamos fragmentarla para hacerla soportable.

4. Georg Christoph Lichtenberg, el tatarabuelo del Twitter, dijo en el siglo XVIII: “¡Ah, si pudiera abrir canales en mi cabeza para fomentar el comercio entre mis provisiones de pensamiento! Pero yacen ahí, por centenas, sin beneficio recíproco”.

5. Lo de hoy es la brevedad, ya no hay tiempo para leer algo más grande que lo que puede aparecer en el espacio de una pantalla de computadora. Apenas una ojeada y a lo siguiente.

6. El ciberespacio es el lugar natural para lo breve, lo sentencioso, lo contundente. Es el lugar para la máxima, el aforismo, la greguería, el poemínimo, la minificción, los cuentuitos.

7. Aforismo: Sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.

8. Otra vez Lichtenberg: “Hay que recomendar con insistencia el método de los borradores; no dejar de escribir ningún giro, ninguna expresión. La riqueza también se obtiene ahorrando verdades de a centavo”.

9. Greguería: Agudeza, imagen en prosa que presenta una visión personal, sorprendente y a veces humorística, de algún aspecto de la realidad, y que fue lanzada y así denominada por el escritor Ramón Gómez de la Serna.

10. “Aquella mujer me miró como a un taxi desocupado”. O: “Los que bajan del avión parecen salir del Arca de Noé”. O: “Abrir un paraguas es como disparar contra la lluvia”.

11. Dijo Efraín Huerta en su Transa poética: “Creo que cada poema es un mundo. Un mundo y aparte. Un territorio cercado, al que no deben penetrar totalmente indocumentados, los huecos, los desapasionados, los censores, los líricamente desmadrados”

12. “Un poemínimo es un mundo, sí, pero a veces advierto que he descubierto una galaxia y que los años luz no cuentan sino como referencia, muy vaga referencia, porque el poemínimo está a la vuelta de la esquina o en la siguiente parada del Metro”.

13. “Un poemínimo es una mariposa loca, capturada a tiempo y a tiempo sometida al rigor de la camisa de fuerza. Y no lo toques ya más, que así es la cosa. la cosa loca, lo imprevisible, lo que te cae encima o tan sólo te roza la estrecha entendedera —y ya se te hizo—.”

14. “De plano/No hay/Peor/Poesía/Que la/Que no se/Hace”: Efraín Huerta.

15. Como dice Gastón Bachelard, refiriéndose a la poesía (así el cuento): “La poesía es metafísica instantánea. En un breve poema, debe dar una visión del universo y el secreto de un alma, un ser y unos objetos”. Y además, en el caso del cuento, debe narrar una historia.

16. La virtualidad hace al microcuento el género literario del siglo XXI por excelencia, como lo demuestra el surgimiento de los llamados “cuentuitos”, que se transmiten a través de la red social Twitter, donde los textos no deben rebasar los 140 caracteres.

17. Entonces, la minificción es el género perfecto para narrar en los tiempos de la fragmentósfera.

18. Muchos escritores aún recelan de la virtualidad, cuando nunca antes había sido posible llegar a tantos lectores potenciales en forma instantánea y tener reatroalimentación inmediata.

19. Para argumentar estos asertos, retomo una serie de twitts escritos por el poeta Aurelio Asiain, que vive en Japón. Él habla de poesía, pero es perfectamente aplicable a la minificción:

20. “Un poema publicado en internet tiene en pocas horas muchos más lectores que impreso en papel. También un libro de poemas”.

21. “Las publicaciones impresas se leen menos, pero reducir al papel el mundo editorial y la vida literaria es ciego. La creación está hoy aquí”.

22. “El prestigio de la letra impresa intimida a muchos buenos escritores, que no se reconocen como tales porque sólo publican en sus blogs”.

23. “La literatura que se escribe, publica y lee en los blogs tiene más lectores que los medios impresos, y sólo el prejuicio la juzga inferior”.

24. “Sólo por prejuicio, también, consideramos alta literatura un haiku de Basho o una copla de Lorca y no tantos tuits que no lo son menos”.

25. “En Japón las novelas de mayor venta en los últimos años se han escrito y publicado primero en teléfonos celulares en millones de ejemplares”.

26. “Hace dos días un memo ironizaba porque escribí que a mí, en Twitter, me interesa descubrir escritores. Pero los encuentro todos los días”.

27. “En unas horas de lectura atenta en Twitter, siguiendo a la gente adecuada, se encuentra más y mejor poesía que en cualquier revista impresa".

28. “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre” dijo Cardoza y Aragón. Dicho de otro modo: no hay humanidad sin poesía”.

29. “La poesía no es un género literario. Es un fenómeno lingüístico y no sólo lingüístico. Es una forma particular de la producción de sentido.”

30. “La poesía existe desde mucho antes que los libros, el papel y la escritura. Sobrevivirá a los libros impresos, la televisión y la internet”.

31. En su Breve manual para reconocer minicuentos, Violeta Rojo dice: “El minicuento no es un cuento tradiciona, narra sus historias de una manera distinta, más sugerente y elíptica mediante relaciones intertextuales, pero no por eso más simple”.

32. Dice Lauro Zavala: “La minificción es la narrativa que cabe en el espacio de una página”. Se caracteriza por la brevedad, la diversidad, la complicidad, la fractalidad, la fugacidad y la virtualidad.

33. La brevedad, porque va de una oración hasta una página; la minificción se carateriza por su diversidad temática y de recursos utilizados; requiere un profundo involucramiento del lector para desentrañar los múltiples significados que se pueden encerrar en tan pocas palabras.

34. La fractalidad, se refiere al carácter fragmentario del minicuento, que puede ser interpretado de manera independiente o como parte de una unidad más amplia, es decir, al mismo tiempo puede ser principio, parte media o final de algo mayor.

35. La fugacidad lo emparenta con el chiste, pero que lo lleva más allá de la ocurrencia o lo chusco.

36. En México la minificción tiene antecedentes desde la época colonial y aún antes, pero es en el siglo XX cuando inicia el florecimiento del género con autores como Alfonso Reyes, Julio Torri, Juan José Arreola, Edmundo Valadés, Augusto Monterroso, José de la Colina, Felipe Garrido, René Avilés Fabila y Guillermo Samperio, hasta los más recientes exponentes, como Marcial Fernández, Alberto Chimal, Leo Eduardo Mendoza y Armando Alanís, entre muchos otros.

37. Fernando Reyes es escritor, ensayista, poeta, novelista, editor, cuentista, profesor y ahora minificcionista.

38. Cuentos para incendiar la oscuridad (VersoDestierro, 2010) está formado por 85 cuentos agrupados en 12 secciones.

39. Armando Alanís en la solapa del libro: “Los cuentos de Fernando Reyes poseen todos los ingredientes de las mejores miniaturas narrativas: concentración, ironía, juegos con el lenguaje, recreación novedosa de algunos clásicos de la literatura, crítica social, y la necesaria vuelta de tuerca en la última línea”.

40. Añade Alanís: “Todas las historias de este libro, de la primera a la última, combaten con éxito el tedio de la vida cotidiana y nos recuerdan que la literatura, tanto para el escritor como para el lector, puede ser un asunto tan divertido como diabólico".

41. “El cuento no es difícil, sino peligroso”, dice Andrés Neuman. “La escritura del cuento es tan drástica como la cocción de un pez globo: si el breve y elemental proceso no sale bien, mejor despedirse del asunto. En el cuento está prohibido equivocarse. Y sin embargo nosotros, que somos tan falibles, no podemos resistirnos. La tentación es grande. El buen sabor de terminar un cuento sólo es comparable al fatal veneno de empezar mal. La pequeña receta es arriesgada. La recompensa ambigua, apenas perceptible, es seguir aquí: casi en el mismo lugar donde estábamos”.

42. El peligro de malograr un cuento se multlipica por cien o mil en el caso de la minificción. Hasta una coma puede echar a perder el efecto buscado.

43. En su libro, Fernando Reyes domina con maestría los diversos recursos del minicuento: la intertextualidad, la ironía, la sorpresa, el retruécano, la fábula, la contrafábula, la paradoja, el absurdo, el cuasi chiste… Algunos ejemplos:

44. Investigación a fondo. Se descubrió quiénes fueron los autores intelectuales del crimen del gusto por la lectura. Fueron precisamente ellos: los autores intelectuales.

45. Y no pudo escribir su último cuento. Y no pudo escribir su último cuen

46. Medianía. La mitad de la vida se la pasó queriendo ser diferente. La otra mitad se la pasó queriendo ser igual a los demás. A la mitad del camino ya había perdido todo.

47. El cristal con que se mira. Después de un accidente, el hombre comenzó a padecer una extraña enfermedad que consistía en mirar todo de color gris. Como era una persona de mente muy abierta, empredendor y optimista, a los dos meses se quitó la vida.

48. Diagnóstico. El Quijote fue perdiendo su hermosa locura cuando comenzó a leer libros de autoayuda.

49. Metamorfosis. A mi buen amigo Vega Zaragoza, por Gregorio Samsa y el Absentha. A sus 24 años, encerrado en su buhardilla, el alcohol lo estaba consumiendo. Cuando tomaba, no era él. Se transformaba de una manera inaudita cada que bebía. No tenía remedio, la bebida lo había cambiado. El final de su vida era predecible: la anciana murió de una congestión alcohólica, sola en su buhardilla.

50. Bienvenido Fernando Reyes a la fragmentósfera.