Yo también fui pirata
por Guillermo Vega Zaragoza
(Publicado en la edición 11 de la revista cultural En Tierra de Todos)
Durante un año de mi vida, todos los fines de semana, fui un pirata que surcaba los siete mares, me embarcaba en las más trepidantes aventuras, saqueaba galeones, desenterraba tesoros, salvaba damiselas en peligro y arriesgaba la vida como un verdadero valiente. Fui Sandokán, fui el Corsario Negro, fui el Capitán Tormenta, fui el mismísimo pirata Morgan, bucaneros de verdad, no como el cobarde y melifluo Jack Sparrow, filibustero de parque temático y película palomera que interpreta el carilindo Johnny Depp.
Esa etapa de mi existencia, quizá una de las más felices, se la debo a mi maestro de cuarto año de primaria. Miguel Ángel Alfonseca Cambre se llamaba. Gracias a él fui pirata y aventurero, pero me volví algo aún más peligroso: lector empedernido. Tenía una manera sencilla de engatusarnos: en lugar de presentárnosla como un castigo, hacía pasar a la lectura como un premio. Durante la semana, nos dejaba montones de tarea, pero para el fin de semana nos dejaba leer un libro, de esos de la colección Joyas Literarias Juveniles de Bruguera, que de un lado traían el texto y del otro una ilustración, tipo historieta. Uno podía escoger el que quisiera del amplio librero que había en el salón (estoy hablando de siglos antes de las inútiles y onerosas “Bibliotecas de aula”). El lunes siguiente, la primera actividad en clase era contar lo que habíamos leído. Tan simple como eso: compartir lo que habíamos disfrutado. Las historias más fascinantes y que los chicos contaban con más entusiasmo eran las de piratas, por eso los libros más solicitados eran de ese tipo de narraciones. Las mejores, las más emocionantes y entretenidas, eran las escritas por un señor llamado Emilio Salgari, aunque, en realidad, en esa época no le poníamos mucha atención a quién era el autor de lo que leíamos. Lo que nos interesaba eran las historias, que atraparan nuestra atención durante el largo asueto.
Con el paso del tiempo, abandoné mi vocación de pirata y la sustituí por otras: también fui astronauta, monstruo de laboratorio, caballero andante, detective privado, vampiro… una vez hasta me convertí en un gigantesco insecto. Sin embargo, a veces releía esos libros y quería conocer más sobre la vida de ese hombre que parecía conocer todos los secretos de los mares. Sin embargo, en las breves biografías que antecedían a sus obras, apenas se daban algunos datos y los pocos textos accesibles sobre su vida estaban casi todos embellecidos por un aura solemne y romántica: la del gran escritor que, a pesar del éxito masivo entre los lectores, nunca obtuvo el reconocimiento de sus pares, ni disfrutó del producto de sus obras y se quitó la vida trágicamente.
Así, sabemos que Emilio Carlo Giuseppe María Salgari nació en Verona, Italia, el 21 de agosto de 1861 y asistió a la escuela náutica de Venecia, pero no terminó sus estudios. En 1882 tuvo alguna experiencia como marinero en el Adriático, pero pronto regresó a tierra y se dedicó al periodismo como cronista de sociales y reportero de nota roja. Por hambre empezó a escribir novelas por entregas, que se volvieron un éxito y fue traducido a muchas lenguas. Escribió la infame cantidad de 85 novelas (un poco menos que Balzac) y 150 cuentos. Entre su inmensa producción destacan los ciclos dedicados a narrar las aventuras de Sandokán y los Tigres de la Malasia, así como las del Corsario Negro y los Piratas de las Antillas, aunque también son memorables los dedicados al Capitán Tormenta y los Piratas de las Bermudas.
Un aspecto interesante de las obras de Salgari es su acendrado anticolonialismo. Se cuenta que siendo apenas un adolescente una provocativa inglesita lo humilló, por lo que en venganza, años después, decidió crear a Sandokán, un destronado príncipe de Borneo que lucha por su libertad y contra el colonialismo imperial británico. Otros personajes también sostenían ideales similares, como el Corsario Negro y Morgan, quienes combatieron contra ingleses y holandeses en el Caribe.
Cabe resaltar que Salgari mismo se encargó de mistificar su vida, de darle ese halo mítico y trágico que estuviera, según él, a la altura de sus creaciones. En sus memorias, que terminó de escribir unas cuantas horas antes de morir, mintió abierta y descaradamente acerca de casi todo, hasta de su año de nacimiento. Lo cierto es que, sin que hubiera necesidad de mentir, la vida de Salgari fue casi tan agitada y entretenida como la mejor de sus novelas de aventuras.
El periodista italiano Roberto di Caro asevera que Salgari era un alcohólico hosco, perverso, sifilítico, mentiroso, despilfarrador, antisocial, que usaba tacones altos para no verse tan chaparro. Era tan “irascible hasta el grado de desafiar en duelo a un cronista veronés que se había permitido llamarlo mozo, a él, a Emilio Salgari, fallido capitán de gran cabotaje”. Tuvo cuatro hijos, a los que les puso nombre de sus creaciones literarias (Fátima, Nadir, Romero y Omar), con la que sería el amor y la tortura de su vida: su esposa Ida Peruzzi, a quien llamaba Aída. Era una actriz de desquiciante personalidad, caprichosa, escandalosa, exuberante, ninfómana, a la que interesaba poco el qué dirán. Alcohólica, fue contagiada de sífilis por el propio Salgari, quien la obligaba a disfrazarse de la “Perla de Labuán”, uno de sus personajes novelescos, cuando tenía invitados en casa. Finalmente, enloqueció y la internaron en el manicomio el 19 de abril de 1911. Así, a pesar de tanta fama, la fortuna nunca le sonrió a quien gustaba que le llamaran “el Tigre de Verona”, pues vivió y murió pobre, explotado por sus editores, que le exigían más y más historias y le pagaban una miseria. Desesperado y en la quiebra, terminó dándose un navajazo en el vientre seis días después, en Turín.
A pesar de todas las vicisitudes de su vida, lo que sigue llamando la atención sobre Salgari es su inmensa imaginación, que le permitió escribir aventuras que se desarrollaban en lugares tan exóticos como Malasia y el Caribe, que nunca conoció más que a través de los libros, pero que describió con tanta exactitud y brillantez como si hubiera estado ahí. Muchas de ellas estaban basadas en hechos y personajes reales, pero la gran mayoría son producto de su invención.
Las mejores novelas de Salgari se distinguen por su capacidad de describir ágil y atractivamente los escenarios, y sobre todo, por narrar las acciones de manera trepidante. Algunos han llegado a considerar que Salgari se adelantó al cine, que su escritura es cinematográfica aún antes de la invención del séptimo arte. Por eso es de extrañar que hayan sido tan pocas, comparativamente hablando, las películas basadas en sus novelas: menos de cuarenta en poco menos de un siglo (por cierto, una de éstas cintas fue la versión mexicana de El corsario negro, dirigida por Chano Urueta en 1944, con Pedro Armendáriz en el papel principal). Para muchos, la adaptación que logra rescatar mejor el espíritu de sus novelas es una miniserie para televisión coproducida por Italia y Gran Bretaña (paradójicamente) en 1976, con el actor hindú Kabir Bedi en el papel de Sandokán.
No sé si las novelas de Salgari sigan siendo leídas por los jóvenes. En esta era de la Internet, donde la gran mayoría de ellas están disponibles de manera digital y gratuita, sería un gran desperdicio que no lo fueran, sobre todo hoy, que los escritores andan tan ayunos de buenas historias, inventando famélicos y calenturientos vampiros adolescentes y otros tantos bucaneros de pacotilla.































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